Pretend you love

Pretend you know how to love

Pretend you are as natural as a raw egg

Pretend you have sex every day

Pretend you don’t want to go away

Pretend you like winter, and snow,

Pretend you don’t wait

Pretend it’s time

Pretend the roses never fade

Pretend you are hungry

Pretend you embrace 

Pretend it’s a dance 

Pretend like a tree, despite silence, alive.

Pretending. 

Believing. 

Then, love.

Sinestesis

 

Escucho rojos en los álamos 

y púrpuras adormecidos 

en las ondulaciones de las nubes.

Hay sepias en canciones nuevas,

vestigios aunque de algo indescifrable,

alas blancas en tus palabras. 

Puedo ver melodías 

en tus manos que quieren alcanzarme,

como marinas sedas espumantes.

Un remolino sensorial, 

un exceso de conexiones neuronales,

no, no, no hay exceso, hay

intervalos de música

deseando un sabor nuevo,

sabor a nuestros labios.

Antiguo compañero, 

volvemos a encontrarnos,

Y no te nombro por temor 

a que no fueras esta suavidad 

apretada en mi cuerpo manantial.

Esta que nunca fui

Soy la mujer del parque,

soy un árbol turquesa

cuando el silencio es amplio

y el sol respira solitario.

Soy otoño en las azules flores

que caen, son pisadas,

y vuelven a la tierra 

para otra vez ser flor.

Soy agua y soy sequedad,

soy intraducible, sin obligaciones

de lengua o de medidas.

Puedo ser lobo y halcón,

vivir en cuevas y en el cielo,

aullar entre edificios 

y remontar en las alturas,

con el oculto peso de mis alas. 

Soy el pulpo recordando con sus brazos,

la memoria de haber querido,

¿será este recuerdo 

que ya regresa al tocarte? 

Ahora comprendo que el olvido

se fue a otra parte, con otras tristezas.

Ahora sé que esto, una tímida

criatura hecha con material 

nuevo entre cuerpos abrazados,

esta semilla delicada

en el desierto asomándose,

esto, quietito entre mis labios,

es lo que me hace ser una que nunca fui.

una voz interior

(otra vez, pero con un nuevo verso final)

Hay algo que no comprendo

una voz interior,

una flor o una piedra, tal vez ave,

un cierto ardor de sal

como si no existiera bálsamo

ni tampoco cura entrañable.

Entonces, aquí, solitario núcleo 

real, que sí y no, 

que me transformas en intermitencia

de oruga y amanecer,

aveces, tragaría fuego

para que desaparecieras,

y luego pienso: quizá mañana, alas.

No sé nombrarte por tu nombre,

eres palabra grave,

como hematoma, como movimiento,

como seguir andando

en remolinos de tristeza.

Pienso, más bien confío en que algún día 

se llamará ave al dolor,

la única excepción 

a decir por su nombre

a este susurro frío y diamantino,

que es una herida, incurable,

quizá, es simplemente amar.

Caballos galopando

(una vez más, porque es apropiado en estos días)

Si se quiere aprender
aquel arduo oficio de contenerse
nada mejor que el humo
de chimeneas infértiles,
así el aire bien insípido
penetra sin ser respirado,
soñamos luego de premeditar
pasiones, viajes y suspiros,
y el alimento es para el cuerpo
como agua sucia y beso acuático
sobre los labios del amante.
De las pasiones, sálvate,
no vaya a ser que las felicidades
agiten sus colores,
proclamen siestas sin dormir
de esas en las que hay demasiado
para amar sin oscuridades.
No quieras levantarte,
comer pan y manteca y
lanzarte al mar como el caballo
sin doma ni corral,
no busques inquietudes
ni tampoco extensiones,
ya acepta, cierra la mirada,
resúmete a sabores procesados
y a músicas de fondo,
composiciones de ascensor
y cartas de pantalla.
Así evitarás las emociones
desde tu ombligo floreciendo,
olvidarás con ansia
una suave melancolía,
tus manos aquietadas
en la loza que contiene
la feliz oscuridad del café
junto a una ventana amaneciendo.
Pero, tal vez,solo por hoy,
sin buscar la salida, piérdete,
sin escatimar migas, arrebátate,
sumerge en barro palabras y pies,
aprieta con fuerza articulaciones
de esas que nunca se usan,
las que guardamos por si…
Por si un día se abre el camino
para correr, para buscar,
para gritar ya no como una sombra,
ya no entre fantasmas o sueños,
sino nosotros, con los pies,
con las manos, con las entrañas.
Hoy a contragolpe puede empezar la huella,
la felicidad de todo lo pequeño,
la merienda con queso fresco y dulce,
las tranqueras al borde del camino,
estrellas dibujadas en la tierra,
cardos púrpuras floreciendo,
caballos galopando
en los sueños del mar.
Hoy, por si no quieres salvarte.

 

 

Somos también la tierra

Somos pedazos de montañas,

Partículas de mariposas,

Tierra de los caminos,

Que nunca hemos andado,

Necesidad de mar y

Deseo de Amazonas,

Del bosque de Waipoua

Y la jungla de Kipling,

Polvo del Serengueti,

Olor de Pampa húmeda 

Y de magnolias o de libros viejos.

Atomos despertándose,

Somos azules notas

Que quieren escaparse

En el violín de Mozart.

Arremeter

La primera palabra que dijeron fue “arremeter”, ninguno de los dos sabía bien el significado, pero les gustó creer que tenían certeza de la definición. 

Eleonora abrió el diccionario y leyó:

Arremeter: 

verbo intransitivo
1. Atacar o acometer con ímpetu y furia.

2. Precipitarse a realizar una acción.

-Exactamente -dijo Vicente- eso mismo estamos haciendo.

-¿Cuál de ambas definiciones? -indagó ella.

-Atacamos y acometemos con furia y con ímpetu y también… ¿Qué dice la otra?

-“Precipitarse a realizar una acción” -dijo Eleonora al cerrar el diccionario y lo sacudió como si quisiera que todas las palabras junto con todos sus significados se mezclaran para siempre.

-¿Y ahora qué? -preguntó él.

-Ahora sentémonos a mirar el río -dijo ella. El diccionario descansaba junto a las piernas desnudas. No hacía frío pero ella temblaba un poco. Arriba las nubes cruzaban el cielo y se confundían con los pájaros. Un parapente que aparecía de a ratos como volando, o cayendo, se asomaba clandestino.

-Hay cosas inevitables -dijo Eleonora.

-¿Y eso? -preguntó Vicente.

-Nada, no sé, digo que no todo se puede planear. 

-Ya estamos grandes para no poder evitar ciertas cosas -dijo él, mordiendo y respirando esas palabras que se dicen sin querer decirse: “no poder evitar”.

-¿Entonces para qué estamos acá? Vamos, Vicente, mejor vamos.

-No -dijo él al tomar la mano de Eleonora.

Entonces silencio. Y luego los pies de ella en la orilla, el agua que cubre, acaricia y vuelve a desnudar. Después los pies descalzos de Vicente. 

Cuando dejamos que los pies pisen la tierra o la arena y permanezcan un rato hundidos en esa sensación nueva. Aunque hayamos sentido lo mismo tantas otras veces. Parece que la furia del agua nos queda por siempre debajo de la piel.